Libros de texto intocables: Sheinbaum hereda el adoctrinamiento y desprecia la crítica técnica

La presidente Claudia Sheinbaum cerró la puerta a cualquier modificación en los libros de texto gratuitos, tras la renuncia de Marx Arriaga a la Dirección de Materiales Educativos de la SEP. Este sábado, la mandataria respondió a las críticas de su exfuncionario —quien acusó un estancamiento en la "revolución educativa"— asegurando que los contenidos actuales "llegaron para quedarse". La decisión ratifica la continuidad de un modelo pedagógico diseñado bajo sesgos ideológicos, ignorando las evaluaciones internacionales que sitúan a México en niveles críticos de aprendizaje en matemáticas y ciencia. Mientras el mundo avanza hacia la tecnificación, el gobierno federal blinda una narrativa que prioriza la formación política sobre la excelencia académica.



La inamovilidad de estos materiales no es una defensa del saber, sino una protección de la inversión ideológica del Estado. Al negarse a revisar contenidos cuestionados por expertos y padres de familia, la administración de Sheinbaum vulnera el derecho de los ciudadanos a decidir sobre la educación de sus hijos, centralizando la formación de las conciencias en un aparato burocrático ineficiente. El costo es invisible hoy, pero impagable mañana: una generación con capacidades disminuidas para competir en el mercado laboral global. El Estado gasta miles de millones de pesos en imprimir y distribuir materiales que, en lugar de ser herramientas de movilidad social, funcionan como manuales de identidad oficialista, financiados íntegramente por el contribuyente.

Desde la óptica de la rendición de cuentas, la salida de Arriaga expone una fractura en el gabinete, pero la respuesta de la presidente revela un autoritarismo educativo. No se discute la calidad, se impone la permanencia. Al declarar los libros como inalterables, el Ejecutivo anula cualquier posibilidad de mejora técnica basada en datos o resultados. El monopolio estatal sobre la educación gratuita se convierte en una barrera para la libertad de cátedra y la diversidad de pensamiento. Si el Estado no puede administrar una educación que prepare para la creación de riqueza y la libertad individual, está fallando en su función más elemental de potenciar el capital humano de la nación.

La permanencia de estos libros asegura un país con menor pensamiento crítico y mayor dependencia de la narrativa gubernamental. El ciudadano debe cuestionar si el dinero que entrega vía impuestos está educando a futuros emprendedores o simplemente moldeando a los próximos beneficiarios de programas sociales. Al final, un libro de texto que no enseña a razonar es solo papel impreso que le quita libertad al futuro de México.

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