En la cultura mexicana, el 10 de mayo es, quizá, la fecha más sagrada de nuestro calendario social. Es un día dedicado a exaltar el amor incondicional, a reconocer a ese pilar inamovible que sostiene la estructura emocional de cada hogar y a celebrar el milagro de la vida a través de nuestras madres. Las calles se llenan de flores, los restaurantes desbordan alegría y las familias se reúnen en un ritual de gratitud que parece detener el tiempo. Sin embargo, en el mismo país y bajo el mismo sol, existe otra realidad que nos obliga a pausar el festejo para mirar de frente un dolor que no todos logramos comprender.
¿Cómo se vive el 10 de mayo cuando la silla de un hijo está vacía? Mientras la mayoría entrega ramos de rosas, cientos de miles de madres buscadoras en México empuñan palas. Mientras unos degustan un pastel en familia, ellas secan el sudor de su frente tras una jornada de excavación en terrenos baldíos, movidas no por el deseo de celebrar, sino por la angustia de una vigilia que parece no tener fin. Para ellas, este día no es de fiesta; es de luto, de protesta y de una impotencia que cala hasta los huesos al ver que su lucha ocurre, muchas veces, ante la indiferencia o la atención insuficiente de quienes deberían garantizar la paz.
No se trata de escribir estas líneas para ensombrecer el festejo por mera tragedia, sino para invitar a una reflexión necesaria: ¿en qué momento normalizamos que la maternidad en México se convirtiera, para tantas, en un ejercicio de resistencia y peritaje forzado? Es profundamente doloroso que, en la fecha destinada a honrar a las progenitoras, miles de ellas tengan que pasar sus días en vela exigiendo justicia por quienes no lograron llegar a casa.
Pasar por alto este problema es, en cierta medida, permitir que se erosione nuestra propia humanidad. El contraste es desgarrador: por un lado, el aroma a flores y el eco de las risas; por el otro, el olor a tierra removida y el llanto silencioso de quien no busca un regalo, sino una verdad. Nadie debería vivir esta situación. Ninguna madre tendría que cambiar el abrazo de su hijo por una búsqueda incansable en fosas clandestinas.
La construcción de una ciudadanía coherente empieza por reconocer que, mientras haya madres buscando en lugar de celebrando, nuestra fiesta nacional estará incompleta. Este día nos invita a valorar a quien tenemos a nuestro lado, pero también a no apartar la vista de quienes luchan contra el olvido. Porque al final, la verdadera honra a la madre mexicana no debería ser solo un festejo anual, sino el compromiso social de que ninguna de ellas tenga que pasar su día buscando entre la angustia y el sudor lo que la violencia les arrebató.
Por David Uscanga.
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