Por David Uscanga
En México la oposición vive uno de sus momentos más bajos. No importa el partido, el color o el nombre. Hoy no hay una figura ni una voz que logre conectar de verdad con la gente. Lo digo como ciudadano que observa, que escucha y que siente que la oposición se ha dedicado más a pelear con Morena que a construir un mensaje que llegue a quienes más importan, los ciudadanos.
No sirve de mucho discutir en la tribuna, acusar en las redes o lanzar frases duras si el mensaje no llega a la población. Es claro que quienes seguimos la política y las noticias entendemos lo que sucede, pero la mayoría no vive pendiente de los debates. Por eso, cuando la oposición concentra su energía solo en enfrentarse al gobierno, pierde de vista a la sociedad.
Criticar a Morena no es una estrategia. Es necesario señalar los errores, sí, pero también ofrecer una alternativa. Decir que todo está mal no basta. La gente quiere saber qué harían diferente, cómo lo harían y por qué deberían confiar otra vez en ellos.
Hace unos días el PAN anunció su nueva imagen y su separación del PRI. Prometieron una nueva etapa, distinta y más firme. Ojalá cumplan, porque lo que México necesita no son partidos que cambien de logotipo, sino de actitud. Si de verdad quieren representar a quienes defienden ideas de libertad, familia o nación, deben hacerlo con coherencia. No se puede pedir confianza cuando se actúa con las mismas viejas mañas.
El país sí necesita una oposición fuerte, pero no una que solo grite o repita lo que ya sabemos. Necesita una oposición que piense, que proponga, que comunique con claridad y que hable con la verdad. Que no viva del pasado ni del enojo, sino del deseo de hacer las cosas mejor.
Tampoco se trata de estar contra Morena por sistema. Se trata de construir un equilibrio. Un país donde todas las voces se escuchen y donde el poder no quede concentrado en un solo grupo. Cuando eso pasa, la historia demuestra que llegan los abusos y la falta de transparencia.
México requiere una oposición seria, cercana a la gente, con convicciones y con rumbo. Una que no se hable a sí misma, sino que hable al país entero. Porque sin una oposición real, el poder se vuelve dueño de todo, y un país sin contrapesos deja de ser democrático para convertirse en un monólogo.
0 Comentarios